No se me ocurre mejor respuesta a la ola reaccionaria anti sostenibilidad empresarial que ha lanzado la nueva internacional de ultraderecha que recordar aquella película de Garci de 1982- premiada con el Oscar a mejor película extranjera- titulada: “Volver a empezar”. Después de veinte años reclamando la responsabilidad social de las empresas porque sus impactos sociales y medioambientales lo exigían, ahora parece que las empresas solo deben mirar por su beneficio y olvidarse de todo lo demás.
Cuando creíamos que habíamos derrotado, moral e intelectualmente, a la escuela de Chicago y a sus egoístas y antisociales principios, vuelven los nuevos seguidores de Milton Friedman, envueltos en líderes tecnológicos, combatiendo regulaciones e intervenciones del Estado y reclamando la mínima presión fiscal para su máxima expansión.
Llevamos muchos años tratando de primar a las empresas sostenibles en los concursos y en las adjudicaciones públicas y ahora escuchamos que el gobierno de Estados Unidos y todas sus embajadas en el mundo exigen que las empresas adjudicatarias de sus servicios «acrediten que no tienen políticas internas de igualdad de género o de inclusión social” (DEI). El propio presidente de Estados Unidos se atrevió a culpar a la integración de la discapacidad en los aeropuertos como la causa de un accidente de aviación. No cabe mayor crueldad.
Es el mundo al revés. Si antes premiamos y estimulamos las prácticas ESG, ahora hay que acreditar que no las realizamos para ser admitidos en los concursos públicos.
Un cuarto de siglo de desarrollo intelectual y empresarial de una cultura que transforma la naturaleza de las relaciones entre las empresas y la sociedad está puesta en cuestion. La cultura que pretende establecer una corriente de reconocimiento y aprecio mutuo, sobre la base de los múltiples impactos que entre ambos producimos. Por una parte, una nueva legitimación social de la empresa que valora y aprecia los enormes beneficios sociales que generan las empresas en términos de desarrollo económico y tecnológico, producción de bienes y servicios, empleo, calidad social, etcétera y, por otra, una creciente corresponsabilidad de las empresas en las grandes causas humanas pendientes: combate al cambio climático, dignificación del trabajo, respeto a los derechos humanos, inclusión social, igualdad, etc.
A lo largo de estas dos últimas décadas, Europa ha liderado ante el mundo una senda de avances en este doble compromiso y ha establecido una legislación pionera, regulando la información no financiera de las empresas, combatiendo las prácticas empresariales y los mercados viciados por conductas inhumanas: el trabajo infantil, la deforestación de los bosques, la guerra, la mafia y la explotación de la naturaleza en la extracción de los minerales, etc y estableciendo, por primera vez en la historia, el cumplimiento de normas mínimas universales (diligencia debida) en la cadena de subcontratación de las grandes multinacionales.
De pronto, todo ese desarrollo legislativo, todas esas prácticas hacia la excelencia empresarial, todas esas teorías que alimentaban esta ecuación comprometida han saltado por los aires ante una ola reaccionaria que reclama proteccionismo nacional, guerra al competidor foráneo, máximo beneficio, mínima regulación interna y reducciones de la presión fiscal. El interés social es un estorbo, las condiciones laborales dependen del mercado, el compromiso medioambiental desaparece cuando es el propio Estado el que abandona el pacto de París. La inclusion social, la igualdad de mujeres y hombres, la gestión de la diversidad étnica y racial, tantas y tantas causas de justicia para tantos, ya no pertenecen al mundo de la empresa.
De pronto, vuelven los monopolios, los nuevos oligopolios tecnológicos, las grandes compañías mundiales que colonizan mercados, espacios satelitales, cadenas de suministro universales, tecnologías, entretenimiento, cadenas de información, plataformas de redes sociales, muchas de ellas en manos de personas individuales mil-millonarias que controlan vidas y haciendas del mundo entero.
De pronto, vuelven los imperios y la ley del más fuerte, que humilla y somete a los débiles. Todos somos vasallos de los nuevos poderosos. Los valores, la moral, la ética, la compasión por el otro, la solidaridad, el bienestar social, el compromiso con lo ajeno, todo lo que encierra la sostenibilidad, esa palabra a la que hemos llegado como expresión consensuada y moderna de la responsabilidad social, se está diluyendo en este nuevo mundo distópico y salvaje que nos llega de Washington.
Hace ya algunos meses, en una intervención ante amigos y viejos compañeros de lucha por la responsabilidad social de las empresas, con motivo del XX aniversario del Observatorio de la RSE, advertí que la revolución digital estaba dando a luz un mundo empresarial totalmente ajeno y opuesto a la cultura de la responsabilidad social empresarial. Que el capitalismo financiero global despreciaba este movimiento y que la acumulación monopolística de grandes y nuevos dueños de las empresas tecnológicas eludían el control social de sus impactos por el enorme dominio que ejercen sobre su clientela universal a través de prestaciones y servicios que se han convertido en imprescindibles para el mundo.
La pandemia y los cambios geopolíticos de los últimos cinco años han desvirtuado y empequeñecido nuestros esfuerzos por una empresa responsable. La Unión Europea, líder ideológica y política en esta revolución conceptual del ser y estar de las empresas en la sociedad se ve acosada por la competencia global y por sus gaps tecnológicos con Estados Unidos y China y en su seno surgen voces poderosas poniendo en cuestión su liderazgo social y medioambiental.
Las reclamaciones internas para atenuar nuestros compromisos en la lucha contra el cambio climático y para retrasar la aplicación de la directiva de debida diligencia son buena muestra de todo ello. Estas son las consecuencias de una corriente de fondo reaccionaria que ha cobrado un impulso extraordinario con la nueva administración americana.
¿Qué hacer? Volver a empezar, como el título de la película de Garci. Enamorarse otra vez -como los protagonistas de la película que retoman un amor de juventud- de aquella idea que dio impulso a un movimiento tan fecundo como necesario y que generó en España y en el mundo entero una nueva idea de la empresa y de sus compromisos con el entorno, sus trabajadores y la sociedad en general.
Una idea que dio lugar a prácticas excelentes de muchas empresas y que produjo toda una generación de hombres y mujeres en empresas, universidades, medios de comunicación, consultoras y parlamentos defendiendo y articulando esta renovación conceptual. Una idea que se plasmó en leyes, en sistemas de medición, en modelos de gestión, en observatorios, en organizaciones voluntarias y profesionales impulsando y regulando esas prácticas. Una idea que fue asumida por múltiples organizaciones empresariales, desde los fondos financieros a la “Business roundtable» americana no hace tanto tiempo. Una idea que comprometió incluso a Naciones Unidas, consciente de sus benéficos efectos para la humanidad y que creó, por ello, el Pacto Mundial.
Pues eso, “Volver a empezar”, retomar la bondad y la necesidad de nuestras creencias, luchar por la extensión de nuestras convicciones, confiar en el buen corazón de las gentes y hacer frente a ese mundo salvaje y egoista, desigual e injusto que nos proponen esos falsos y populistas líderes, esos oportunistas del grito y la motosierra, esos furiosos del gesto nazi y la libertad carajo¡ (solo para ellos).
¿Es ingenuo? Quizás si, pero es nuestra esperanza, la de la mayoría de personas en el mundo que aspira a la libertad con justicia, a la libertad para todos, con igualdad de oportunidades, en Democracia y Estados de Derecho, con DDHH, con dignidad laboral, en un orden global de paz y cooperación, en un mundo sostenible medioambientalmente y socialmente. Así queremos nuestra sociedad y así queremos nuestras empresas.